Quienes andan cerca de los 40 años, sabrán reconocer el nombre de la famosa revista “El Arte de Tejer” que traía patrones y explicaciones de puntos para tejer tanto al crochet, como a dos agujas. Y si bien es una práctica que se enseña habitualmente de abuelas a nietas, ahora es mucho más fácil y accesible, ya que a través de tutoriales de internet se puede aprender la técnica. Con internet no hay excusas para decir: No puedo!
Si bien, esta actividad está asociada directamente a las abuelas (Una actividad de VIEJA, hablando mal y pronto), resulta cada vez más común que mujeres jóvenes tejen ya sea para relajarse, compartir, fortalecer lazos sociales y porque no, para vender sus productos.
No es lo más sexy ver a una veinteañera tejiendo, pero quien dice que tejiendo bufandas se pueda sumar puntos a la hora de conquistar. (Que sepa tejer, que sepa bordar y sepa abrir la puerta para ir a jugar…).
Ahora la actividad está de moda, tanto así, que existen espacios de reunión donde un grupo de personas se junta a tejer compartiendo experiencias y habilidades. Y esto no es sólo exclusivo de mujeres, también hay hombres incursionando en estas manualidades.
Diversas propuestas de actividades surgen y hacen de este “arte” una actividad solidaria también. Por ejemplo tejer cuadraditos para que luego formen parte de grandes mantas que cobijarán a niños sin hogar.
Otras personas, mientras Netfliquean lo utilizan como alternativa para eliminar el estrés y combatir la depresión. Especialistas explican que la repetición de los movimientos de las manos al tejer, ayuda a las personas a concentrarse, relajarse y disfrutar más plenamente la vida.
Cada pieza que hacemos, es única, está hecha con mucha dedicación y cariño. Así que la que se anime y con el comienzo del otoño, se larga oficialmente la temporada de tejido con lanas, para brindar calorcito a alguna persona que queremos mucho.
lunes, 8 de mayo de 2017
jueves, 27 de abril de 2017
Mudanza vi, suerte para mi!
Dicen que uno de los tantos momentos más estresantes del ser humano, es tener que hacer una mudanza. Y de solo pensar que hay que guardar una casa en cajas, ya nos agota.
Nos damos cuenta de que es increíble la cantidad de cosas que guardamos porque algún día usaremos. Y esto va desde guardar ropa, hasta papeles, cintas y utensilios de cocina.
Cuantas veces hacemos una Fondeau? Dos veces al año? Posiblemente menos, pero la llevamos en cada mudanza que hacemos.
El jean talle 23 que compramos con nuestro primer sueldo, no nos va a volver a entrar, y ya cobramos (por suerte) varios sueldos más. Por lo tanto: realmente vale la pena seguir guardándolo?
Una mudanza se convierte en un momento lleno de emociones porque decidimos que no nos vamos a llevar tooooodo lo que tenemos, y empezamos a ver qué regalamos, qué vendemos y qué tiramos a la basura.
Antes de embalar todo, hay que ordenar lo que tenemos en stock: libros, fotos, tarjetas de regalos e invitaciones a casamientos. Si! Dije invitaciones a casamientos. Tengo una amiga que guarda las invitaciones aunque hayan pasado más de diez años. Es más! Ni yo guardo la mía, y ella la tiene.
Ni hablar si la mudanza incluye familia numerosa. A saber: hijos, perros y algún familiar agregado. No queremos ni pensar en cargar los juguetitos mínimos que viene en los Huevos Kinder. Y que ni se nos ocurra olvidarlos, porque les aseguro que a las tres de la mañana de la primera noche en la nueva casa, tenemos que salir a buscar el pescadito con alas del huevito que se abrió hace dos años.
Las mudanzas son como un nuevo comienzo, una nueva oportunidad de prometernos que en la próxima morada vamos a ser más ordenados, vamos a acumular menos cosas innecesarias o vamos a usar más la Fondeau que nos regalaron para el casamiento.
Puede que sea estresante, pero qué lindo es estrenar y proyectar nuevos deseos! Y si no es nuestra la mudanza y nos cruzamos con un camión que está haciendo una, no nos olvidemos de decir: Mudanza vi, suerte para mí! (Por ahí un nuevo comienzo está por venir…)
Nos damos cuenta de que es increíble la cantidad de cosas que guardamos porque algún día usaremos. Y esto va desde guardar ropa, hasta papeles, cintas y utensilios de cocina.
Cuantas veces hacemos una Fondeau? Dos veces al año? Posiblemente menos, pero la llevamos en cada mudanza que hacemos.
El jean talle 23 que compramos con nuestro primer sueldo, no nos va a volver a entrar, y ya cobramos (por suerte) varios sueldos más. Por lo tanto: realmente vale la pena seguir guardándolo?
Una mudanza se convierte en un momento lleno de emociones porque decidimos que no nos vamos a llevar tooooodo lo que tenemos, y empezamos a ver qué regalamos, qué vendemos y qué tiramos a la basura.
Antes de embalar todo, hay que ordenar lo que tenemos en stock: libros, fotos, tarjetas de regalos e invitaciones a casamientos. Si! Dije invitaciones a casamientos. Tengo una amiga que guarda las invitaciones aunque hayan pasado más de diez años. Es más! Ni yo guardo la mía, y ella la tiene.
Ni hablar si la mudanza incluye familia numerosa. A saber: hijos, perros y algún familiar agregado. No queremos ni pensar en cargar los juguetitos mínimos que viene en los Huevos Kinder. Y que ni se nos ocurra olvidarlos, porque les aseguro que a las tres de la mañana de la primera noche en la nueva casa, tenemos que salir a buscar el pescadito con alas del huevito que se abrió hace dos años.
Las mudanzas son como un nuevo comienzo, una nueva oportunidad de prometernos que en la próxima morada vamos a ser más ordenados, vamos a acumular menos cosas innecesarias o vamos a usar más la Fondeau que nos regalaron para el casamiento.
Puede que sea estresante, pero qué lindo es estrenar y proyectar nuevos deseos! Y si no es nuestra la mudanza y nos cruzamos con un camión que está haciendo una, no nos olvidemos de decir: Mudanza vi, suerte para mí! (Por ahí un nuevo comienzo está por venir…)
lunes, 17 de abril de 2017
Crónica de una noche de insomnio
Reírse de una mismo es fundamental para restarle importancia a los problemas diarios (y a los nocturnos también). Muchos tienen noches difíciles, en las que por más que cuenten millones de ovejas, Morfeo nunca llega para atraparnos en un profundo sueño.
El día después nos comportamos como Zombies. Ese día pasará desapercibido porque ni nos vamos a anoticiar de los sucesos. Y casi al mediodía, cuando ya estamos desesperados por ir a dormir una siestita, nos preguntamos: ¿Cómo fue que llegamos a esto?
Tuvimos un día normal. Algún que otro suceso aislado que pudo habernos puesto nerviosas, pero nada especial.
Luego de una cena liviana, nos retiramos a nuestros aposentos. Activamos la alarma y nos disponemos a conciliar el sueño.
Media hora, una hora… y se hicieron las 2 de la mañana y ni miras de poder dormir.
Intentamos controlar una respiración profunda imaginando un lugar tranquilo pero nada... seguimos inmutables.
Como si fuera algo inevitable y muy obvio, agarramos el celular y comenzamos a revisar tuits, publicaciones en Instagram, una miradita por Facebook… y como quien no quiere la cosa terminamos stalkeando a un ex.
Como para engañarnos, ponemos Netflix… un poco de ruido y algún culebrón español nos harán dar sueñito. Sin embargo, no dejamos por supuesto de ver si el ex se casó..., si conocemos la actual pareja, si tuvo hijos, si sigue lindo o esta baqueteado.
En un momento, totalmente activadas, nos agarra la magnífica idea de hacer una excursión a la heladera, pensando que con la pancita llena nos vamos a poder dormir.
Cuando retornamos a la cama, Netflix nos pregunta si vamos a continuar viendo la serie (a lo que responderemos NO, porque no vimos tampoco nada de los tres capítulos que pasaron por estar persiguiendo gente en las redes sociales).
Con toda la tecnología apagada, de pronto… nos da un poco de sueño. Ya los pajaritos comienzan a cantar… y cuando logramos entrar en el descanso, suena la alarma para empezar el día.
Día en que por más que nos esforcemos, y le pongamos toooooda la onda, estará perdidísimo.
Lo único que nos va a sacar una sonrisa a media mañana es acordarnos que el chico que nos dejó en la secundaria (y perseguimos toda la noche en Facebook) está pelado y gordo.
El día después nos comportamos como Zombies. Ese día pasará desapercibido porque ni nos vamos a anoticiar de los sucesos. Y casi al mediodía, cuando ya estamos desesperados por ir a dormir una siestita, nos preguntamos: ¿Cómo fue que llegamos a esto?
Tuvimos un día normal. Algún que otro suceso aislado que pudo habernos puesto nerviosas, pero nada especial.
Luego de una cena liviana, nos retiramos a nuestros aposentos. Activamos la alarma y nos disponemos a conciliar el sueño.
Media hora, una hora… y se hicieron las 2 de la mañana y ni miras de poder dormir.
Intentamos controlar una respiración profunda imaginando un lugar tranquilo pero nada... seguimos inmutables.
Como si fuera algo inevitable y muy obvio, agarramos el celular y comenzamos a revisar tuits, publicaciones en Instagram, una miradita por Facebook… y como quien no quiere la cosa terminamos stalkeando a un ex.
Como para engañarnos, ponemos Netflix… un poco de ruido y algún culebrón español nos harán dar sueñito. Sin embargo, no dejamos por supuesto de ver si el ex se casó..., si conocemos la actual pareja, si tuvo hijos, si sigue lindo o esta baqueteado.
En un momento, totalmente activadas, nos agarra la magnífica idea de hacer una excursión a la heladera, pensando que con la pancita llena nos vamos a poder dormir.
Cuando retornamos a la cama, Netflix nos pregunta si vamos a continuar viendo la serie (a lo que responderemos NO, porque no vimos tampoco nada de los tres capítulos que pasaron por estar persiguiendo gente en las redes sociales).
Con toda la tecnología apagada, de pronto… nos da un poco de sueño. Ya los pajaritos comienzan a cantar… y cuando logramos entrar en el descanso, suena la alarma para empezar el día.
Día en que por más que nos esforcemos, y le pongamos toooooda la onda, estará perdidísimo.
Lo único que nos va a sacar una sonrisa a media mañana es acordarnos que el chico que nos dejó en la secundaria (y perseguimos toda la noche en Facebook) está pelado y gordo.
domingo, 2 de abril de 2017
CERO sentido de la orientación
El sentido de la orientación parece ser un DON par aquellas personas que hasta saben identificar el Norte del Sur en medio de la nada misma con solo mojar su dedo y esperar de donde viene la brisa.
Para las que nos cuesta llegar a nuestras casas sin perdernos por más que estemos a cinco cuadras, es una odisea. Seguramente es cuestión de prestar más atención, pero hay personas que vienen con los mapas cargados en el disco duro desde el nacimiento (no es mi caso).
Interpretar mapas, ubicarse en una ciudad, o elegir la salida correcta de un shopping, no es algo que a los desorientados nos salga muy bien hacer. Muchas veces la única forma en la que aprendemos es perdiéndonos setecientas veces para llegar a destino. Y eso que ahora la mayoría de las personas contamos con un GPS en el celular.
Las personas que tienen CERO sentido de la orientación han vivido situaciones como éstas con más frecuencia de las que quisieran.
Salir de un local en un shopping y volver por donde vinimos pensando que seguimos nuestro recorrido, sin darnos cuenta de que estamos mirando las mismas vidrieras que vimos hace minutos atrás.
Discusiones en las vacaciones por ser pésimos copilotos y orientar mal al conductor. Si le hacemos caso al GPS, porque le hacemos caso. Y si no le hacemos caso, porque no lo hacemos. (GPS maldito! Jussssto en esa oportunidad tenia mal cargada la ruta. Así tampoco la tecnología estaría colaborando con la causa).
Ir a una casa alejada de la ciudad, e ir detrás (por no decir pegados al punto de escuchar la música del auto que está delante nuestro) de “alguien” que sepa dónde queda la morada para evitar perdernos. Si esto significa poner en riego nuestras vidas por ir a toda velocidad y no perder de vista al experto u experta, lo hacemos igual! Toda esta aventura mientras pensamos que hubiésemos ido en el sentido totalmente contrario al que estamos yendo, si hubiéramos tenido que decidir nuestro propio camino.
Hasta leyendo los libros de “Elige tu propia aventura” elegíamos mal: siempre terminabamos en el agujero negro sin vida de otro planeta, o dentro de un laberinto sin salida. Esta capacidad de desorientación también es innata.
Por suerte personas totalmente despistadas contamos siempre con personas cercanas con super poderes de orientación que nos salvan del estrés de tener que elegir el camino correcto.
Identificar NORTE y SUR (Arriba y Abajo), mal que mal lo hacemos. Ahora cuando se trata de decidir cual el ESTE y el OESTE… para que esforzarnos. Nunca pero nunca daríamos en la tecla (Derecha izquierda?, izquierda y derecha?, con la mano que escribimos? O con la otra? Y los zurdos como hacen?).
Por suerte hay una buena noticia!!! Este DON de identificar los puntos cardinales y orientarse en la vida, se puede aprender. (Habría que prestar atención y todas esas cuestiones, pero podríamos lograrlo). Y si no, la otra opción es conocer a la persona indicada que dirija el curso de tu vida (muy cursi jajaja pero sin esa persona que nos haga de lazarillo seguro nos perdemosssssss.)
Para las que nos cuesta llegar a nuestras casas sin perdernos por más que estemos a cinco cuadras, es una odisea. Seguramente es cuestión de prestar más atención, pero hay personas que vienen con los mapas cargados en el disco duro desde el nacimiento (no es mi caso).
Interpretar mapas, ubicarse en una ciudad, o elegir la salida correcta de un shopping, no es algo que a los desorientados nos salga muy bien hacer. Muchas veces la única forma en la que aprendemos es perdiéndonos setecientas veces para llegar a destino. Y eso que ahora la mayoría de las personas contamos con un GPS en el celular.
Las personas que tienen CERO sentido de la orientación han vivido situaciones como éstas con más frecuencia de las que quisieran.
Salir de un local en un shopping y volver por donde vinimos pensando que seguimos nuestro recorrido, sin darnos cuenta de que estamos mirando las mismas vidrieras que vimos hace minutos atrás.
Discusiones en las vacaciones por ser pésimos copilotos y orientar mal al conductor. Si le hacemos caso al GPS, porque le hacemos caso. Y si no le hacemos caso, porque no lo hacemos. (GPS maldito! Jussssto en esa oportunidad tenia mal cargada la ruta. Así tampoco la tecnología estaría colaborando con la causa).
Ir a una casa alejada de la ciudad, e ir detrás (por no decir pegados al punto de escuchar la música del auto que está delante nuestro) de “alguien” que sepa dónde queda la morada para evitar perdernos. Si esto significa poner en riego nuestras vidas por ir a toda velocidad y no perder de vista al experto u experta, lo hacemos igual! Toda esta aventura mientras pensamos que hubiésemos ido en el sentido totalmente contrario al que estamos yendo, si hubiéramos tenido que decidir nuestro propio camino.
Hasta leyendo los libros de “Elige tu propia aventura” elegíamos mal: siempre terminabamos en el agujero negro sin vida de otro planeta, o dentro de un laberinto sin salida. Esta capacidad de desorientación también es innata.
Por suerte personas totalmente despistadas contamos siempre con personas cercanas con super poderes de orientación que nos salvan del estrés de tener que elegir el camino correcto.
Identificar NORTE y SUR (Arriba y Abajo), mal que mal lo hacemos. Ahora cuando se trata de decidir cual el ESTE y el OESTE… para que esforzarnos. Nunca pero nunca daríamos en la tecla (Derecha izquierda?, izquierda y derecha?, con la mano que escribimos? O con la otra? Y los zurdos como hacen?).
Por suerte hay una buena noticia!!! Este DON de identificar los puntos cardinales y orientarse en la vida, se puede aprender. (Habría que prestar atención y todas esas cuestiones, pero podríamos lograrlo). Y si no, la otra opción es conocer a la persona indicada que dirija el curso de tu vida (muy cursi jajaja pero sin esa persona que nos haga de lazarillo seguro nos perdemosssssss.)
jueves, 16 de marzo de 2017
A volar!
Embarcarse en la aventura de viajar es una sensación espléndida que se empieza a vivir desde que planeamos el destino y hasta que imprimimos las fotos.
Cuando viajamos en avión, siempre pensamos que es mucho mejor que hacerlo en auto o en colectivo por la rapidez del medio de transporte, o porque ninguno de la familia tiene que clavarse siendo el chofer. Pero como todo, tiene sus desventuras.
Le ponemos una cintita roja para identificar nuestra valija de color negro, y nos damos cuenta de que hay 20 pasajeros más con la misma idea.
Pasillo o ventanilla? Que elegir? Si vas acompañada no es problema porque si uno se arrepiente en medio del trayecto, pide cambio y listo! Pero si el viaje es sin compañía, empezamos a dudar. Estar del lado de la ventanilla es lindo para ver despegues y aterrizajes (siempre y cuando no nos durmamos tooodooo el viaje y no tenga ni el más mínimo sentido haber elegido dicho lugar).
Pedir que nos acomoden al lado del pasillo tiene algunas ventajitas más. Por ejemplo al momento de ir al baño, ya que no se molesta al compañero de viaje. Y además si nos dormimos plácidamente, podemos estirar un poquito mejor las piernas, sacándolas al pasillo. (A estar atentos cuando pase el carrito con el servicio de catering porque puede doler un poquito el impacto del contenedor en los tobillos jajaja)
Cuando el viaje dura no más de 4 horas, no es inconveniente mayor la convivencia con 50 personas más. Pero si cruzamos esa delgada línea de tiempo, empezamos a desear haber tenido más dinero para viajar en Primera Clase.
Niños llorando, madres caminando y paseando niños por los pasillos, gente que conversa (y habla mucho mucho mucho), pasajeros que al momento de elegir entre dos menúes no se decide entre la pasta o el pollo y cuando finalmente toman la determinación, se quejan del menú que le dieron.
Gente con pánico a viajar que está contenida bajo los efectos de algún fármaco, que sabemos que cuando se termine el dicho efecto, va a comenzar su pesadilla, y la nuestra. Porque si no teníamos miedo a volar hasta ese momento, ahora si lo vamos a tener.
Y por si fuera poco, la persona que para apaciguar sus nervios te habla e intenta entablar una amistad en la cual no estamos interesados. Así sea viaje de placer o de trabajo, la mayoría queremos descansar el tiempo de vuelo (sea poco o mucho) o mirar una peli, escuchar música… Pero no socializar (menos conocer a través de fotos a toda la parentela).
No podemos meter bocadillo como para cortar el chorro de palabrerío, ni para decir que queremos ir al baño. Tampoco podemos decirle ni siquiera cortésmente que no nos interesa conversar porque nos puede arruinar el resto del viaje. Así lo que mejor, es montar un show: hacernos las desmayadas, o comenzar con un ataque de nervios como para que la azafata buena onda sugiera relax y tranquilidad.
Cuando viajamos en avión, siempre pensamos que es mucho mejor que hacerlo en auto o en colectivo por la rapidez del medio de transporte, o porque ninguno de la familia tiene que clavarse siendo el chofer. Pero como todo, tiene sus desventuras.
Le ponemos una cintita roja para identificar nuestra valija de color negro, y nos damos cuenta de que hay 20 pasajeros más con la misma idea.
Pasillo o ventanilla? Que elegir? Si vas acompañada no es problema porque si uno se arrepiente en medio del trayecto, pide cambio y listo! Pero si el viaje es sin compañía, empezamos a dudar. Estar del lado de la ventanilla es lindo para ver despegues y aterrizajes (siempre y cuando no nos durmamos tooodooo el viaje y no tenga ni el más mínimo sentido haber elegido dicho lugar).
Pedir que nos acomoden al lado del pasillo tiene algunas ventajitas más. Por ejemplo al momento de ir al baño, ya que no se molesta al compañero de viaje. Y además si nos dormimos plácidamente, podemos estirar un poquito mejor las piernas, sacándolas al pasillo. (A estar atentos cuando pase el carrito con el servicio de catering porque puede doler un poquito el impacto del contenedor en los tobillos jajaja)
Cuando el viaje dura no más de 4 horas, no es inconveniente mayor la convivencia con 50 personas más. Pero si cruzamos esa delgada línea de tiempo, empezamos a desear haber tenido más dinero para viajar en Primera Clase.
Niños llorando, madres caminando y paseando niños por los pasillos, gente que conversa (y habla mucho mucho mucho), pasajeros que al momento de elegir entre dos menúes no se decide entre la pasta o el pollo y cuando finalmente toman la determinación, se quejan del menú que le dieron.
Gente con pánico a viajar que está contenida bajo los efectos de algún fármaco, que sabemos que cuando se termine el dicho efecto, va a comenzar su pesadilla, y la nuestra. Porque si no teníamos miedo a volar hasta ese momento, ahora si lo vamos a tener.
Y por si fuera poco, la persona que para apaciguar sus nervios te habla e intenta entablar una amistad en la cual no estamos interesados. Así sea viaje de placer o de trabajo, la mayoría queremos descansar el tiempo de vuelo (sea poco o mucho) o mirar una peli, escuchar música… Pero no socializar (menos conocer a través de fotos a toda la parentela).
No podemos meter bocadillo como para cortar el chorro de palabrerío, ni para decir que queremos ir al baño. Tampoco podemos decirle ni siquiera cortésmente que no nos interesa conversar porque nos puede arruinar el resto del viaje. Así lo que mejor, es montar un show: hacernos las desmayadas, o comenzar con un ataque de nervios como para que la azafata buena onda sugiera relax y tranquilidad.
miércoles, 8 de marzo de 2017
Quien va al super esta semana?
Ir al supermercado, para algunos resulta un paseo, un hobby, un momento de relax. A otros nos parece el momento más aburrido del día, o el más estresante si vamos con niños.
Esta actividad tan simple y mundana, muchas veces se convierte en todo un reto: agarrar el carrito que no tenga las ruedas trabadas. Y si nos tocó “ese” carrito, tratar de no chocarlo contra las góndolas.
Que a tu hija no se le ocurra abrir un paquete de fideos y sentarse en el medio del pasillo a “hacer comidita”.
Que justo sea horario pico y tardemos más en las cajas que en hacer todas las compras.
O que te toque la que tiene tarjeta de crédito sin fondos adelante y pruebe con cinco plásticos diferentes para ver si tiene la suerte de que alguna este pagada.
Respirar hondo para superar la góndola de los chocolates, el dulce de leche, y las galletitas que son la mayor tentación (pareciera que una luz intermitente nos estuviera llamando desde el momento en que agarramos el carrito para empezar la aventura). Por más que nos resistamos vemos desde cualquier punto las Mini Melba y el envoltorio amarillo de los Block.
“Los que saben” dicen que no hay que hacer las compras cuando tenemos hambre. Así que habría que probar comiendo aunque sea una barrita de cereal antes de ir, para evitar comprar productos innecesarios. Lo mismo si vamos con niños: hay que llevarlos “pipones” porque si no van a abrir hasta un paquete de jabones para comérselo.
Si nuestro acompañante de lujo es chiquito, mal que mal lo dominamos poniéndolo en la sillita del carrito cuyas ruedas se traban. Pero si ya no entra ni haciendo fuerza, lo tendremos que convencer que haga de locomotora delante del cochecito. Porque si toma el timón la criatura, lo primero que choca son nuestros tobillos. Y después de chocarte el dedo chiquito del pie con un mueble, no hay nada más molesto que ser chocada por un changuito del súper en el tendón de Aquiles.
Llevar la lista es fundamental, y tratar de no salirse un desafío (pero vale la pena intentarlo). Esa lista supongamos que la hicimos entre todos los integrantes de la familia y les hicimos creer que nos importan todos sus aportes. Después vamos al súper y compramos lo que a nostras nos parece, obviamente. Y si alguien se anima a quejarse la respuesta amable será: Hubieses ido vos!
Entre tanto que llevamos, antes de pasar por la caja, viajamos al polo norte y buscamos los lácteos. (No me van a negar que cuando andamos por la zona de los congelados, se nos congelan hasta las pestañas!)
Y ahora si, después de obtener todos los producto de la lista, superar la última prueba: las gondolitas que están delante de las cajas con chocolates, gomitas, caramelos Halls, y alfajores de arroz. Obviamente la opción más saludable sería el alfajor de arroz, pero si llegamos hasta ahí habiendo logrado saltear la góndola de los dulces y conducir un carrito enclenque; pensando que después tenemos que cargar cerca de 10 bolsas sin que se nos corte la circulación de los dedos, nos merecemos un chocolatito bien rico.
Esta actividad tan simple y mundana, muchas veces se convierte en todo un reto: agarrar el carrito que no tenga las ruedas trabadas. Y si nos tocó “ese” carrito, tratar de no chocarlo contra las góndolas.
Que a tu hija no se le ocurra abrir un paquete de fideos y sentarse en el medio del pasillo a “hacer comidita”.
Que justo sea horario pico y tardemos más en las cajas que en hacer todas las compras.
O que te toque la que tiene tarjeta de crédito sin fondos adelante y pruebe con cinco plásticos diferentes para ver si tiene la suerte de que alguna este pagada.
Respirar hondo para superar la góndola de los chocolates, el dulce de leche, y las galletitas que son la mayor tentación (pareciera que una luz intermitente nos estuviera llamando desde el momento en que agarramos el carrito para empezar la aventura). Por más que nos resistamos vemos desde cualquier punto las Mini Melba y el envoltorio amarillo de los Block.
“Los que saben” dicen que no hay que hacer las compras cuando tenemos hambre. Así que habría que probar comiendo aunque sea una barrita de cereal antes de ir, para evitar comprar productos innecesarios. Lo mismo si vamos con niños: hay que llevarlos “pipones” porque si no van a abrir hasta un paquete de jabones para comérselo.
Si nuestro acompañante de lujo es chiquito, mal que mal lo dominamos poniéndolo en la sillita del carrito cuyas ruedas se traban. Pero si ya no entra ni haciendo fuerza, lo tendremos que convencer que haga de locomotora delante del cochecito. Porque si toma el timón la criatura, lo primero que choca son nuestros tobillos. Y después de chocarte el dedo chiquito del pie con un mueble, no hay nada más molesto que ser chocada por un changuito del súper en el tendón de Aquiles.
Llevar la lista es fundamental, y tratar de no salirse un desafío (pero vale la pena intentarlo). Esa lista supongamos que la hicimos entre todos los integrantes de la familia y les hicimos creer que nos importan todos sus aportes. Después vamos al súper y compramos lo que a nostras nos parece, obviamente. Y si alguien se anima a quejarse la respuesta amable será: Hubieses ido vos!
Entre tanto que llevamos, antes de pasar por la caja, viajamos al polo norte y buscamos los lácteos. (No me van a negar que cuando andamos por la zona de los congelados, se nos congelan hasta las pestañas!)
Y ahora si, después de obtener todos los producto de la lista, superar la última prueba: las gondolitas que están delante de las cajas con chocolates, gomitas, caramelos Halls, y alfajores de arroz. Obviamente la opción más saludable sería el alfajor de arroz, pero si llegamos hasta ahí habiendo logrado saltear la góndola de los dulces y conducir un carrito enclenque; pensando que después tenemos que cargar cerca de 10 bolsas sin que se nos corte la circulación de los dedos, nos merecemos un chocolatito bien rico.
miércoles, 1 de marzo de 2017
Mejor cocino yo
Ir a cenar fuera de casa es un hábito muy lindo y divertido pero que por diferentes circunstancias se ha ido reduciendo. Ya sea por el costo de una cena en un bonito restaurant, como tener hijos pequeños con los que se complica la salida, o simplemente porque el clima no nos invita a hacerlo.
Por todo esto y mucho más, cada vez que salimos e invertimos en una buena cena, queremos que la mayor parte del momento cumpla con nuestras expectativas.
Hay varias cositas, que no salen como esperábamos y nos hacen enojar. (Que obviamente si fuéramos adolescentes, jóvenes y con onda no nos importarían en lo más mínimo). Y lo que podría ser una salida placentera termina siendo una pesadilla (O tampoco para tanto…).
Entrar con chicos pequeños a un lugar y que la encargada te diga que no pueden atenderte porque se les está acabando la comida, viendo que entran dos adultos detrás de tuyo y los atienden muy amablemente, es chocante. A todos nos ha molestado alguna vez el llanto desconsolado de un niño, o la madre gritándole para que se porte bien, pero si la casa se reserva el derecho de admisión, con poner un cartelito que indique que no se puede ingresar con menores, haría menos incómodas las cosas.
El que todos los comensales (sean 2, 5 o más) coman al mismo tiempo, no siempre sucede. El que se pide una ENSALADA solamente, y la quiere como plato central (no como entrada), no quiere comer antes que los demás y mirar más tarde como “chico hambriento” el frondoso plato principal de los demás.
Para los que piden carne roja, el punto de cocción es un desafío de “Elige tu propia aventura”. “A PUNTO”, “COCIDO”, “SECO”. Algo tan subjetivo para el mozo, como para el chef, como para el cliente. (Y obvio que si llegó el plato con un punto diferente al solicitado o esperado, nadie se anima a devolverlo por el mito siempre existente de que vuelva con un “ingrediente extra” de mal gusto).
Bebidas con gas, sin gas, frías o al tiempo (o al natural, o sin meter a la heladera). Si pedimos esto último, no pretendemos que nos traigan agua pura de manantial, sino directamente del pack como bajo del camión repartidor sin meterla a la heladera (Pasale un trapo y traela nomas…).
La higiene de los baños habla de la higiene del lugar, y hay algunos que en los que para evitar tocar el sanitario, nos obligamos a hacer sentadillas.
Y al momento de pedir la cuenta, cabecear e intentar captar la mirada del mozo para hacerle “LA SEÑA” y que nos diga cuanto le debemos.
Hay muchos clientes realmente insoportables (no es mi caso, yo soy re piola jajaja), pero también entiendan los gastronómicos, el especial momento del que uno quiere disfrutar que con un poquito de valor agregado, se logra dejar satisfecho tanto al cliente y como al dueño.
(Y nobleza obliga: Felicitar a muchos restaurantes que tienen toda la onda y ofrecen un servicio excelente.)
Por todo esto y mucho más, cada vez que salimos e invertimos en una buena cena, queremos que la mayor parte del momento cumpla con nuestras expectativas.
Hay varias cositas, que no salen como esperábamos y nos hacen enojar. (Que obviamente si fuéramos adolescentes, jóvenes y con onda no nos importarían en lo más mínimo). Y lo que podría ser una salida placentera termina siendo una pesadilla (O tampoco para tanto…).
Entrar con chicos pequeños a un lugar y que la encargada te diga que no pueden atenderte porque se les está acabando la comida, viendo que entran dos adultos detrás de tuyo y los atienden muy amablemente, es chocante. A todos nos ha molestado alguna vez el llanto desconsolado de un niño, o la madre gritándole para que se porte bien, pero si la casa se reserva el derecho de admisión, con poner un cartelito que indique que no se puede ingresar con menores, haría menos incómodas las cosas.
El que todos los comensales (sean 2, 5 o más) coman al mismo tiempo, no siempre sucede. El que se pide una ENSALADA solamente, y la quiere como plato central (no como entrada), no quiere comer antes que los demás y mirar más tarde como “chico hambriento” el frondoso plato principal de los demás.
Para los que piden carne roja, el punto de cocción es un desafío de “Elige tu propia aventura”. “A PUNTO”, “COCIDO”, “SECO”. Algo tan subjetivo para el mozo, como para el chef, como para el cliente. (Y obvio que si llegó el plato con un punto diferente al solicitado o esperado, nadie se anima a devolverlo por el mito siempre existente de que vuelva con un “ingrediente extra” de mal gusto).
Bebidas con gas, sin gas, frías o al tiempo (o al natural, o sin meter a la heladera). Si pedimos esto último, no pretendemos que nos traigan agua pura de manantial, sino directamente del pack como bajo del camión repartidor sin meterla a la heladera (Pasale un trapo y traela nomas…).
La higiene de los baños habla de la higiene del lugar, y hay algunos que en los que para evitar tocar el sanitario, nos obligamos a hacer sentadillas.
Y al momento de pedir la cuenta, cabecear e intentar captar la mirada del mozo para hacerle “LA SEÑA” y que nos diga cuanto le debemos.
Hay muchos clientes realmente insoportables (no es mi caso, yo soy re piola jajaja), pero también entiendan los gastronómicos, el especial momento del que uno quiere disfrutar que con un poquito de valor agregado, se logra dejar satisfecho tanto al cliente y como al dueño.
(Y nobleza obliga: Felicitar a muchos restaurantes que tienen toda la onda y ofrecen un servicio excelente.)
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